“Cincuenta sombras de Pollo”, o “Cincuenta sombras de Bacon”, más apetitosas que las de Grey…

 

No, no voy a realizar ninguna crítica acerca de la conocida trilogía de “Cincuenta sombras de Grey”. Para empezar, porque me desviaría de lo que vengo a contar y porque solo alcancé a leer hasta la página 81 del primer libro; no me gusta hablar de lo que no conozco, pero esas pocas páginas bastaron para corroborar lo que imaginaba me iba a encontrar: una historia mal contada, con personajes absurdos, buscando un erotismo fácil que yo no veo, basado en un pseudo bondage bastante traído por los pelos. Ya me estoy perdiendo…

Pero no me he resistido a recopilar es alguna que otra parodia de esta trilogía, en forma de recetas contadas de una forma bastante sugerente y con un sentido del humor que, sin duda, resulta mucho más atractivo que el original.

 

En “Fifty Shades of Chicken”, “la receta y notas de pie siguen al chef y su pollo en un viaje emocional muy similar a la trilogía original”, asegura FL Fowler (pseudónimo del autor) a la revista People.

La imagen del pollo amarrado y asado de la portada inspiró el libro. El autor relata “un día estaba amarrando el pollo para rostizarlo y me di cuenta que algunas de las escenas de la novela me eran extrañamente familiares. ”

La sinopsis del libro viene a ser más o menos ésta:

—Yo controlaré todo lo que pase aquí —dice—. Puedes irte cuando quieras, pero mientras estés aquí, eres mi ingrediente—. Pasaré de ser una ave cruda y orgánica, a convertirme en algo… ¿qué? Algo delicioso. 
  
Así empiezan las aventuras de la señorita Pollo, una joven de granja, desde la cruda inocencia hasta el éxtasis dorado, en esta parodia dentro de un libro de cocina que hierve a fuego lento en el fulgor de la sensacional trilogía de E. L. James: Cincuenta sombras de Grey. De manera similar a Anastasia Steele, la señorita Pollo se encuentra a merced de un hombre dominante; en este caso, un chef sano, sexy y muy hambriento […].

(Traducción por Anna Gallagher)

Aquí dejo dos vídeos de presentación del libro que no tienen desperdicio:

 

 

   Para aquellos a los que no les importe mantener su línea, también se ha publicado otro libro de recetas humorístico-eróticas, bajo el título de “Fifty Shades of Bacon”, con el graso y calórico ingrediente como protagonista,  aunque ambos títulos están solo en inglés, de momento…

 

 

(Imágenes by fiftyshadesofbacon.com y fiftyshadesofchicken.com)

 

Estoy convencida de que me harán pasar mejor rato que el original… 😉

 

La Epicureísta

Refrescante y sexy crudité…

 

Una sugerente propuesta ahora que llegan los calores…

 

Una sencilla mayonesa, sí; un huevo, aceite, sal y pimienta.

     Zanahorias, apio, pepinos, tomates, pimientos, rábanos, coles y brécoles: lo cortó todo en sentido longitudinal, al menos las verduras que se prestaban a ello, es decir, todas excepto las dos últimas que, al tener forma de florecilla, se podían coger por el rabito, como quien se apodera de la guarda de una espada. Añadió a todo ello unas finas rodajas de un asado de cerdo sin aderezos, frío y suculento. Dimos inicio al moje en la mayonesa.

     

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nadie logrará hacerme cambiar de idea: hay algo esencialmente sexual en las crudités con mayonesa. La dureza de la hortaliza se insinúa en la untuosidad de la crema; no hay, como en tantas preparaciones, química alguna mediante la cual cada uno de sus alimentos pierde algo de su naturaleza para adoptar la del otro, y, como el pan y la mantequilla, pasan a ser en la ósmosis una nueva y maravillosa sustancia.

 

   

 Aquí la mayonesa y las hortalizas permanecen perennes, idénticas a sí mismas pero, como en el acto carnal, conservan un deseo irrefrenable de estar juntas.

 

 

   En cuanto a la carne, adquiere no obstante una ventaja adicional: y es que sus tejidos son friables, se separan bajo la embestida de los dientes y se llenan de condimento, de tal manera  que lo que así masticamos, sin falso pudor, es un núcleo de firmeza salpicado de suavidad aterciopelada.

   A ello viene a añadirse la delicadeza de un sabor estable, pues la mayonesa no ofrece ningún regusto picante ni ácido y, como el agua, sorprende a la boca con su neutralidad afable; después tenemos los matices deliciosos del carrusel vegetal: picante insolente del rábano y de la col, saborcillo dulce y acuoso del tomate, acidez discreta del brécol, generosidad en la boca de la zanahoria, anís crujiente del apio… qué exquisitez.

 

Muriel Barbery – “Rapsodia Gourmet”

 

 

 

Fotografías vía Mentalidad Creativa 

 

Erotismo Gourmet

¿Erotismo y buena mesa unidos? Sí, rotundamente, sí. ¿O a alguien se le escapa que la gastronomía es placer, que se utilizan todos los sentidos para disfrutar de ambas cosas, que cuando cocinamos entregados, amamos, que degustar es placer?

Cuando cocinamos o nos abandonamos al disfrute de la buena mesa, ¿acaso no pensamos, actuamos, transformamos, sentimos, deseamos, satisfacemos…? El paralelismo entre todos estos sentidos es el mismo para el goce de la comida que para el erótico.

No podría explicar mejor tal indivisibilidad que con las sabias palabras de Isabel Allende, que añade aún una unión mucho más poderosa:

“Gula y lujuria, que tantas locuras nos hacen cometer, tienen el mismo origen: el instinto de superviviencia. El vínculo entre la comida y el goce sensual es lo primero que aprendemos al nacer. La sensación del bebé prendido del pezón, inmerso en el calor y el olor de su madre, es puramente erótica y deja una huella imborrable para el resto de la vida. Desde la lactancia hasta la muerte, la comida y el sexo tienen la misma garra. En la madurez, cuando digerir y hacer el amor se convierten en tareas, la mente se aleja a regañadientes de la mesa y de la cama; pero hay algunos seres capaces de llegar hasta el último día de una larga y fructífera existencia con el mismo apetito por los placeres terrenales de la juventud”.

 

 

Vuelvo a recurrir a las palabras de Isabel Allende, de su obligatorio libro “Afrodita. Cuentos, recetas y otros afrodisíacos”, que, con todo acierto detalla la ceremonia de preparación de una comida o cena como también prepararíamos los preámbulos de las artes amatorias:

“Al planear un menú debemos considerar los diferentes sabores para que se complementen y se distingan unos de otros sin competir. El orden en que sirven los platos influye en la apreciación de los mismos; conviene no entrar de lleno con el guiso más más suculento, porque si se sirve primero, todo lo demás resulta insulso. Un magistral ossobucco, es siempre el único protagonista, porque anula cualquier plato que se atreva a hacerle frente. Debe servirse precedido por una discreta ensalada verde y, como final ligero, un helado.

Una cena bien pensada es un crescendo que empieza con las notas suaves de la sopa, pasa por los arpegios delicados de la entrada, culmina con la fanfarria del plato principal, al que le siguen finalmente los dulces acordes del postre.

El proceso es comparable al de hacer el amor con estilo, comenzando por las insinuaciones, saboreando los juegos eróticos, llegando al clímax con el estruendo habitual y por fin sumiéndose en un afable y merecido reposo. La prosa en el amor deja un escozor de ira en el alma y la prisa en la comida altera los humores fundamentales de la digestión. Las papilas gustativas, como los órganos mayores y otros no tan mayores, también se fatigan. En los banquetes y restaurantes de lujo suele servirse, entre dos platos contundentes, una pequeña porción de sorbete helado agridulce para borrar todo rastro del primero antes de probar el segundo.

La temperatura tiene tanta importancia como la textura y el color; todo influye en la sensual experiencia de una comida”.

 

Foto Flore, óleo de Iván Lubennikov