I have a dream.

“-Qué raro -decía- somos dos y somos el mismo. Pero nada es raro en los sueños.” ―Jorge Luis Borges

 

Sueño una barbaridad. Y lo recuerdo todo y desde siempre. Suelo tener de dos a cuatro sueños cada noche, aunque a veces uno solo ocupa la totalidad de este paralelismo onírico mío. Creo que descanso bien, es muy raro que me despierte en mitad de la noche porque se conviertan en pesadillas, pero son sueños tan intensos y persistentes que necesito más tiempo del necesario en adaptarme al día que comienza, cuando el sonido del despertador me causa un pseudo infarto.
Supongo que toda esta mezcolanza de imágenes, sonidos, personas y lugares, conocidos y ficticios, sentimientos y sensaciones ininteligibles, tendrán su explicación científica, pero el caso es que me dejan agotada y con cierto estigma. Así que a menudo pensé en hacer algo con ello, al menos transformarlos en letras, aunque la dificultad radica en saber desarrollar un mínimo de coherencia escrita, que me permita describir lo mejor posible estas experiencias oníricas que me atrapan tanto.

Hoy, comienzo a compartir los delirios que me vea capaz de transmitir con algo de línea argumental, como un ejercicio casi de aprendizaje de escritura, de tratar de poner orden y cordura lingüística en el maremágnum de mi cabeza. Tarea ardua, pero seguro resultará catártica y a veces, divertida.

Conservo anotaciones de algunos sueños que mejor recordé y menos me costó redactar por su menor dosis de esperpento, así que aprovecho y doy forma a esos

TOMATES VERDES FRITOS

A diferencia de la mayoría de las veces, en las que el número de sueños suele ser de dos o tres, en esta ocasión solo uno fue el protagonista; recurrente, obsesivo y nítido: tomates verdes fritos.
No, no me refiero a la película del mismo título. Resulta que tenía que cocinar Tomates Verdes Fritos, así, con las primeras letras de cada palabra en mayúsculas. De pronto se me aparecían las palabras con esa tipografía característica de las letras que se colocaban en las marquesinas de los cines antiguos. Y zas, un delantal y una sartén con aceite humeante.
Y yo buscaba la perfección en el rebozado, de una manera maniática; tenían que tener el mismo granulado y color dorado, manteniendo una forma redonda perfecta. Uno, tras otro, amontonándolos cuidadosamente y secándolos de forma obsesiva con papel absorbente, para que no supuraran una sola gota de aceite. Estaba preocupada, como si tuviera que dar cuentas a alguien, pero no sabía muy bien a quién.
Así toda la noche.

Pocas semanas después de aquel sueño, J. y E. me acompañaron a Gumbo,  a devorar unos auténticos y deliciosos Tomates Verdes Fritos con salsa remoulade y gambas, de New Orleans.

 

Foto: web del restaurante Gumbo

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